Veracruz, Ver.

     
Pedro Cruz




Pedrerías

Urbanistorias 7



Viernes 2 de Febrero del 2018

Ayer regresé a lo que fue el “vecindario blanco” donde fui feliz de recién casado.

Lo encontré, como la mayoría de las cosas de esta ciudad, apabullado por la pátina del tiempo.

Los vecinos originales se fueron sin dejar rastro, incluído yo; me llené de nostalgia. Caminé por una calle estrecha por donde paseaba, junto a mi primera esposa, a nuestro hijo en la carreola.

La añoranza se agolpó en mi corazón e hizo un nudo en mi garganta. Sólo apreciamos el valor de las cosas cuando las perdemos. Toda la calle luce descuidada. La pintura se descascara de las paredes, hay cristales rotos en las ventanas y el cochambre corroe las protecciones de las puertas y ventanas.

Los ladridos de los perros, a tras de los portones de metal, que mantenían en guardia tus sentidos cuando caminaba por la acera, han cesado y sólo encontré a un gato taciturno, con manchas moteadas, sobre un transformador de energía eléctrica; me miró sombrío para luego escabullirse atrás de una barda grafiteada con faltas de ortografía.

La tienda de doña Emilia está cerrada, a juzgar por la descolorida cortina metálica, desde hace varios años, igual que la carnicería y la papelería de la esquina. Recordé que han pasado 20 años.

Los chicos, ahora de la edad de mi hijo, de quienes recuerdo sus nombres y travesuras, ya no viven ahí, pero seguramente ni trabajan ni estudian.

Una mujer menuda, blanca, con venas azules en las piernas y pecas en el rostro, salió de la casa donde viví y fui feliz en el pasado remoto. Me dirigió una mirada miope, intrigada por mi forma de husmear, pero no me dijo nada y cerró la puerta.



 





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