Veracruz, Ver.

     
Pedro Cruz




Pedrerías

El homicidio de Esmeralda



Viernes 9 de Junio del 2017

Buen viernes amigos, aquí les dejo mi relato.

Fue "El loco" Ochoa quien descubrió el cadáver, cinco horas después del homicidio de acuerdo a los estudios posteriores del Instituto de Medicina Forense de la Universidad Veracruzana.

Por el simple hecho de haber dado parte a la policía el chichifo, o mayate, como se dice acá, se descartó, en primera instancia, en la investigación como sospechoso y se abrieron otras líneas en la indagatoria.

Acudió a la casa de Bobaez en la Avenida 2 de Abril, pasadas las 11 de la mañana, angustiado porque no le contestaba el teléfono; necesita algo de dinero de manera urgente para sus dosis de cocaína del día.

Habían estado hasta las tres de mañana en el Hipopótamo, el antro donde Pepe Bobaez, alias Esmeralda, la única, la inigualable, era la estrella de la noche, la reina del espectáculo con caracterizaciones de la Negra Tomasa, Lola Beltrán y la Zandunga.

Era un homosexual sin complejos ni atavismos, feo y gordo; cuando el travestismo se abrió de capa en el puerto, Bobaez, quien tenía un salón de belleza donde se arreglaban las “chicas” del Scorpions, descubrió su vena artística, para convertirse “en la sensual en la espectacular Esmeralda”.

Medía alrededor de un metro con 80 centímetros, era panzón y prieto, pero emanaba un feminismo real, sin fintas ni poses; era un buen tipo si le veía por el lado amable; cuando se ponía violento era lo más parecido un luchador exótico.

----Lo puto nada más lo tengo acá-, me dijo un día mientras se daba de palmadas en sus gordas nalgas.

Era mi vecino y un tipo amable. De esos que saludaban todavía y regresaban los balones con ademanes femeninos cuando invadían su jardín al pasar por arriba de la tapia.

En una pelea, a principio de los ochenta, noqueó a tres meseros del Perro Salado, porque lo llamaron “putón verbenero”. El comandante Toño "El Perro" Hodking fue el primero en entrar a la casa, una vez que el cerrajero de la Procuraduría logró abrir la puerta; era un auténtico can de presa. Oteo el ambiente; levantó el belfo superior, arrugó la nariz para ampliar las fosas y percibir de golpe todos los aromas encerrados en la habitación.

Tenía 50 años, diabetes y había resuelto 150 homicidios en la ciudad en sus 25 años de carrera; literalmente olfateaba algún indicio, alguna pista; Cara de Anona y el Chumbelo, sus dos auxiliares, se quedaron en la puerta, sin atreverse a da un paso, mientras el jefe hacia la inspección inicial.

"El Loco" Ochoa estaba en la patrulla con las manos en la espalda esposadas sufriendo los efectos de la abstinencia; había visto el cuerpo desde la ventana luego de brincar el muro. Maldijo a su madre y llamó a la policía.

Antes de entrar a la recámara donde yacía el cadáver desnudo, el comandante revisó el comedor.



 





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